Despidiéndome

Ya es tiempo de despedirme. Este fin de semana de Pascuas viajé a Budapest. La intención era tomarme unos días de vacaciones y poder reflexionar un poco sobre el viaje. Fueron días particulares: de balance y cierta satisfacción por los logros alcanzados. Pero también hubo lugar para la tristeza. Otra vez se manifestó la pena por lo que quise y no fue. Aún me pesa el dolor que se que causé con mi decisión y con el lugar en el que ella se desencadenó.

El último día en esta ciudad comencé a aceptar algunos anhelos profundos, independientemente de que suceda con ellos. Nuevamente debo enfocarme en mi, confiar y comprender que no es posible tener el control sobre todo lo que me rodea. Incluso, en algunos casos, puedo decir que “mis cartas están jugadas” y que el resto de la partida ya no depende de mi.

Lograr confiar…en mis decisiones, en mi corazón, en que hay cosas que aunque aún no pude entender seguramente tendrán un sentido. Esta es mi meta para los últimos días.

Por otra parte, disfruté mucho de este espacio. Cada vez que necesité reconectarme conmigo, la escritura fue el medio a través del cual lograrlo. Aunque una antropóloga en Berlín termina con mi regreso a Buenos Aires, quizás alguna vez vuelva a escribir aquí. Por ahora no lo sé…

Mientras tanto estoy creando otro blog para seguir contando como es mi tránsito, que elijo, que simplemente sucede, que me entristece y que me enamora del mundo. Quienes quieran podrán visitar este nuevo Diario de Viaje en https://unaantropologacaminando.wordpress.com

Tiempo de volver. Tiempo de abrazos

Poco a poco comienzo a sentir que es tiempo de volver a Buenos Aires. Me gusta cuando los regresos conllevan ese sentimiento y no la angustia por lo que se debe dejar, cuando no se quiere hacerlo. Va llegando el tiempo de estar con los míos, con los que me quieren sanamente y me abrazan, incluso a la distancia.

Me quedan dos semanas de mucho trabajo: terminar las labores de archivo, presentar informes, preparar algunos proyectos para el regreso, etc. Pero lo más importante en este momento es tomarme algunos momentos para repensar el viaje y todo lo que el me deja, tanto en términos profesionales como personales.

Todavía no encuentro respuestas a muchas situaciones vividas aquí. Sé que las primeras siempre llegan y que en algún lugar, muy profundo, uno siempre sabe. Lo difícil es esperar. Mientras tanto, elijo nuevamente tratar de mirar con un poco de distancia el camino recorrido.

Perdiendo y encontrando

Antes de viajar charlaba con mi amiga Muriel sobre su experiencia en Italia. Me contó que después de ese viaje comenzó a tener una actitud mas predispuesta hacia los turistas, explicándoles como llegar a tal o cual sitio en nuestra ciudad.

Me rió cuando recuerdo esa conversación y pienso en toda la gente que tan amablemente me ha guiado cada vez que necesité encontrar algún lugar.

Semanas atrás fui a la casa de una colega. Resultó que vivía en un calle prácticamente desconocida y de difícil acceso. Después de malas indicaciones, y de malas decisiones también, terminé siendo asistida por una mujer alemana que me llevó en su auto hasta la esquina de lo de mi amiga. Fue increíble.

Un par de fines de semana después llegué a Praga. Allí debía tomarme el metro. Cuando pedí indicación, muy amablemente un hombre de mi edad, repleto de valijas, decidió dejar de fumar para acompañarme exactamente hasta la entrada del mismo.

Otro gran gesto me sorprendió cuando perdí las tarjetas de crédito. Mohamed, encargado de las cámaras de seguridad del supermercado, me ofreció alimentos y tickets para el bus.

Estas son sólo algunas de las personas que se cruzaron en el camino, sin contar con quienes construí un vínculo mayor. Puede decirse que con cada pérdida y cada desencuentro encontré también a alguna persona que me ayudó o que simplemente con sus palabras me alivió.

Bye Bye MasterCard

Desde el día que llegué a Berlín he olvidado y perdido más cosas que durante los últimos años de mi vida. Si bien puede decirse que soy un poco distraída, suelo tener mucho cuidado con aquellos objetos “importantes” como llaves, documentos, libros, etc. Por ejemplo, nunca perdí mi DNI (Documento Nacional de Identidad argentino).

En cambio aquí, en el primer mes, dejé el locker que me correspondía, en el Instituto en el que estudio, abierto, con mi mochila adentro, dinero y pasaporte. Días después olvidé en el mismo lugar dos catálogos que había comprado en el Archivo Bauhaus. En ambas ocasiones la recepcionista, una mujer muy amable y simpática, me guardó todo.

Pero ayer ocurrió la peor pérdida de estos días. Todas mis tarjetas de crédito desaparecieron en un trayecto de una cuadra y media, desde mi casa hasta el supermercado. Supongo que se cayeron mientras caminaba o tal vez sucedió cuando elegía que alimentos comprar. La verdad es que no lo sé.

Más tarde, comenzó una etapa de denuncia que si bien debería haber sido fácil no lo fue. Lograr comunicarme con los números telefónicos de pérdida en el extranjero fue imposible. Todo fallaba y, por supuesto, mi desesperación crecía proporcionalmente. Finalmente, después de varias idas y vueltas, mediando ayuda desde Buenos Aires, todo se solucionó. Así, transcurrió mi sábado por la tarde-noche.

A experiencias mas trascendentales, por llamarlas de alguna manera, se sumaron nuevas vivencias. Supongo que tiene que ver con lo mismo. Perder, olvidar, se vincula con que mis pensamientos están por momentos en otro lugar y no siempre puedo concentrarme en el famoso “aquí y ahora”.

El viaje

El fin de semana pasado estuve en Praga. Desde que llegué a Europa no salí de Alemania y algunos viajes se postergaron por razones ya obvias. Como años atrás, me encontré viajando completamente sola. Me sorprendió sentirme tan cómoda, como si nunca hubiese dejado de hacerlo. Este nuevo encuentro conmigo misma me hizo ver que mis fantasmas respecto a “no poder en soledad” habían sido tan grandes que no me permitieron ver que ese no sería un problema.

Hace 10 años, justo antes de ponerme en pareja, hice un viaje que duró un poco más de dos meses y que resultó fundamental. Recuerdo que lo inicié con gran necesidad interna y marcó el comienzo de una nueva etapa. Le siguieron tiempos de búsqueda: de verdades, de libertad, de sanación.

A Berlín llegué por razones muy distintas. Esta vez fue una beca lo que me impulsó. Sin embargo, nuevamente la experiencia del viaje me marcó un nuevo camino, que recién está comenzando.

Como un diario de antaño

Tantos días haciendo trabajo de archivo me hicieron pensar una vez más en los antiguos Diarios de Viaje. Cuánto nos gusta a los antropólogos tener un espacio para relatar nuestras experiencias. Al mismo tiempo, cuan sorprendente resulta lo que podemos llegar a leer cuando nos topamos con un escrito de este género, pero elaborado en el siglo XIX o principios del XX. De golpe, pareciera que tenemos la posibilidad de ingresar a aquel ámbito privado del cual pocos eran testigos y del que nada se escribía en los artículos científicos.

Este blog se inspiró en los relatos de viajeros y trabajadores de campo de antaño. Me gusta pensarme como uno de esos estudiosos, narrando mis propias vivencias y desventuras en Berlin. Salvando las diferencias, que son muchas, este viaje me ha empujado a repensarme a mi misma.

Es curioso. Nunca creía que el trabajo que vine a realizar me revelaría tanto aspectos de la vida de Lehmann-Nitsche como de mi propia historia. Un amigo y colega, a quien le conté hace unos días esto mismo, me dio una gran respuesta: “creer que la elaboración de las tesis de antropología consiste en indagar en la vida del otro es una mentira, la tesis es un viaje adentro nuestro”.

Re-conectando

Dicen que “el tiempo hace lo que nosotros no podemos”. Cada día me siento mejor. Todavía hay ocasiones en las cuáles me atraviesan tristezas, miedos, culpas, ansiedades. Pero también comienzo a conectarme con la alegría y el entusiasmo por el trabajo que vine a realizar. Intento disfrutar de los momentos en los que me siento bien, divertirme un poco y sonreír. Todo, como dice una amiga a la que quiero profundamente, sin perder la ternura.

El cambio es difícil. En unas pocas semanas mi mundo se dio vuelta. Al principio, me sentí desorientada, casi pérdida (con todo lo que implica este término). Pero ya puedo imaginarme en esta nueva etapa. Me gusta lo que viene. De alguna forma empiezo de cero otra vez. La potencia de lo nuevo, la posibilidad de elegir nuevos caminos y de intentar concretar algunos viejos anhelos, que lentamente se convierten en necesidades, no sólo me entusiasman sino que son un motor que me empuja hacia adelante.

En este viaje comprendí, además, que aquellas características propias de quien investiga también me constituyen como persona. La pasión, el desafío, la necesidad de saber más y proyectar nuevos horizontes es algo que necesito también en la cotidianidad. Por primera vez, comienzo a conciliar lo que soy, lo que elegí ser, con lo que estudié.

Un día de la mujer extraño

Alguien me recordó que hoy era el día de la mujer, al saludarme casi al pasar y como si fuera una obligación. Más tarde en un supermercado me regalaron una rosa por el mismo motivo. Al llegar a mi casa la coloqué en un vaso con agua, frente a la ventana para mirarla mientras escribo.

Que distinto es este día de la mujer. Me encuentra soltera, habiéndome separado sólo hace días y recién comenzando a sentirme un poco mejor. Todavía necesito distraerme, caminar y dejar que el tiempo pase. Intento pensar que hay cosas que simplemente suceden mas allá de lo que uno desea. Dejar de amar a quien alguna vez se eligió es una de ellas.

Una vez mas me toca aceptar que hay situaciones, acontecimientos, en nuestras vidas que no controlamos. Que sentimos y cuando no es algo que se pueda planificar. Sólo podemos escucharnos e intentar ser fieles a nosotros mismos. Y si… la frase es un cliché, pero eso no le quita su verdad.

“Ver”

Hace ya varios días este viaje comenzó a revelarme aspectos de mi vida que yo misma había impedido que salieran a la luz. Evidentemente uno siempre sabe, sólo que es necesario tener fuerza y ser valiente para animarse a Ver. Aprendí que la claridad no siempre llega cuando uno quiere. Esta vez me alcanzó en un momento que pareciera inoportuno. Me consuela pensar que hay razones que aunque no pueda comprender tienen un sentido.

Nuevamente compruebo que el precio de la verdad es alto. Implica enfrentar los propios miedos e incluso perder a personas que son valiosas. Quizás para muchos sea inentendible…

Por momentos me siento apenada por lo que no pudo ser y por lo que hubiese querido que fuera de otra forma. De a ratos la tristeza me acompaña. Pero al mismo tiempo, crece en mi la certeza de que la decisión tomada fue la correcta. Ser honesta con lo que siento y pienso, mas allá del dolor y de los temores, es lo único que me hace libre.